Vuela Palabra

Recordemos a Eduardo Lizalde

Recordemos a Eduardo Lizalde con sus poemas

Esta semana murió el tigre. Es por eso que el día de hoy quisiera que recordemos a Eduardo Lizalde con sus poemas. En este caso, les presento algunos de mis favoritos pues este poeta ha significado mucho en mi proceso como escritora, sobre todo cuando comencé a escribir y quisiera, a través de esta selección, rendirle un pequeño homenaje. También quisiera traer de vuelta algunos otros poemas de Lizalde que nuestro querido editor Gianni Darconza tradujo al italiano hace tiempo. Es bello ver estos versos recorrer lenguajes y latitudes. Ojalá les gusten.

Andrea Muriel

 

Retrato hablado de la fiera

1 Epitafio

Sólo dos cosas quiero, amigos,
una: morir,
y dos: que nadie me recuerde
sino por todo aquello que olvidé.

 

 

3.

«Lo he leído, pienso, lo imagino;
existió el amor en otro tiempo.»
Será sin valor ni testimonio.
Rubén Bonifaz Nuño

 

 

Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
          Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.

          Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
—como si lo estuviera viendo.
          Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles —aun no siendo frutales—
daban por dentro resentidos frutos amargos.
          Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.

 

 

 

El amor es otra cosa, señores

Uno se hace a la idea,
desde la infancia,
de que el amor es cosa favorable
puesta en endecasílabos, señores.

Pero el amor es todo lo contrario del amor
tiene senos de rana,
alas de puerco.

Mídese amor por odio.
Es legible entre líneas.
Mídese por obviedades,
mídese amor por metros de locura corriente.
Todo el amor es sueño
—el mejor áureo sueño de la plata—.
Sueño de alguien que muere,
el amor es un árbol que da frutos
dorados sólo cuando duerme.

 

 

La bella implora amor

Tengo que agradecerte, Señor
—de tal manera todopoderoso,
que has logrado construir
el más horrendo de los mundos–,
tengo que agradecerte
que me hayas hecho a mí tan bella
en especial.
Que hayas construido para mí tales tersuras,
tal rostro rutilante
y tales ojos estelares.
Que hayas dado a mis piernas
semejantes grandiosas redondeces,
y este vuelo delgado a mis caderas,
y esta dulzura al talle,
y estos mármoles túrgidos al pecho.

Pero tengo que odiarte por esta perfección.
Tengo que odiarte
por esa pericia torpe de tu excelso cuidado:
          me has construido a tu imagen inhumana,
          perfecta y repelente para los imperfectos
          y me has dado
          la cruel inteligencia para percibirlo.
Pero Dios,
por encima de todo,
sangro de furia por los ojos
al odiarte
cuando veo de qué modo primitivo
te cebaste al construirme
en mis perfectas carnes inocentes,
pues no me diste sólo muñecas de cristal,
manos preciosas –rosa repetida–
o cuello de paloma sin paloma
y cabellera de aureolada girándula
y mente iluminada por la luz
de la locura favorable:
          hiciste de mi cuerpo un instrumento de tortura,
          lo convertiste en concentrado beso,
          en carnicera sustancia de codicia,
          en cepo delicioso,
          en lanzadera que no teje el regreso,
          en temerosa bestia perseguida,
          en llave sólo para cerrar por dentro.
¿Cómo decirte claro lo que has hecho, Dios,
con este cuerpo?
¿Cómo hacer que al decirlas,
al hablar de este cuerpo y de sus joyas
se amen a sí mismas las palabras
y que se vuelvan locas y que estallen
y se rompan de amor
por este cuerpo
que ni siquiera anunciar al sonar?
¿Por qué no haberme creado, limpiamente,
de vidrio o terracota?

Cuánto mejor yo fuera si tú mismo
no hubieras sido lúbrico al formarme
—eterno y sucio esposo—
y al fundir mi bronce en tus divinas palmas
no me hubieras deseado
en tan salvaje estilo.
Mejor hubiera sido,
de una buena vez,
haberme dejado en piedra,
en cosa.

 

 

 

Poema

Todo poema
es su propio borrador.
El poema es sólo un gesto,
un gesto que revela lo que
          no alcanza a expresar.
Los poemas
de perfectísima factura,
los más grandes,
son exclusivamente
un manotazo afortunado.
Todo poema es infinito.
Todo poema es el génesis.
Todo poema nuevo
memoriza el futuro.
Todo poema está empezando.

 

 

 

Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929 – 2022). Poeta, narrador y ensayista. Estudió Filosofía y Música en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es uno de los grandes exponentes de la poesía mexicana del siglo XX. Actualmente dirige la Biblioteca Nacional de México. Entre sus libros destacan: Cada cosa es Babel (1966), El tigre en la casa (1970), La zorra enferma (1974), Caza mayor (1979), Tabernarios y eróticos (1989), Rosas (1994) y Otros tigres (1995). En 1984 le fue concedida la beca de la Fundación John Simon Guggenheim. Su obra ha sido distinguida con importantes galardones: el Premio Xavier Villaurrutia (1969), el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1974), el Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1988), el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (2002) y el Premio Federico García Lorca de Poesía (2013).

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