Vuela Palabra

Zeuxis Vargas

El dios que me habita: poemas inéditos de Zeuxis Vargas

En el día de hoy me complace presentar una selección de la primera parte: «Los cinco elementos», del poemario inédito El dios que me habita, del poeta colombiano Zeuxis Vargas, quien además es reconocido por ser un gran gestor cultural. Uno de los proyectos más interesantes que el escritor lleva a cabo es Obra abierta: bajo este título se agrupa una serie de antologías de muchos poetas colombianos que se destacan ya sea en el panorama nacional y/o internacional. Las obras son publicadas bajo el sello de Seshat Editorial y es una labor muy valiosa que vale la pena resaltar. Ya esto nos da una idea de cuánta pasión tiene Zeuxis Vargas por la literatura. Espero entonces que los textos aquí presentados les den una idea del amor que tiene por la palabra poética.


Marisol Bohórquez Godoy





De Sator
V

De la tierra al mineral;
en esa mística alquimia
está el abecedario de toda la poesía.

De la humedad propicia para cultivar el humus,
para dar origen a una mitología personal,
de esa violencia inadvertida
por el desfile de las musarañas,
de los días repletos de muertos y heridos
que remendaba como si fueran muñecos de trapo…

De los charcos de sangre que dejaban los borrachos,
de las placentas enterradas en el solar de la casa,
de la lechuza que era una bruja,
de la paloma blanca que era mi madre
corriendo por los pasillos del Centro de Salud.

De ese dominio sagrado
vienen las imágenes perpetuas.

Mi única propiedad,
lo que soy y he perdido.

Ciertas tardes
cuando dejo volar
mi mirada sobre las montañas,
cuando mi corazón
es una apretada uva pasa,
guiñapos de memoria
pasan como tijeretas
frente a mis ojos
evocándome los dones.

Las lágrimas resbalan inútiles
sin deshacer el espejismo.



De Rotas
I

Llega un día para la intensidad
para desear la redondez del mundo y el horizonte.
Entonces, comienzan los trazos
de un astrolabio íntimo para navegar
soñando con un cielo repleto de dioses ignotos.

Las elementales y precarias herramientas
para afrontar lo incognoscible
parecen los astillados huesecillos de
un enjambre de animales imaginados
que alguien hubiese echado a perder tras desenterrarlos.

Sobre un mapa en blanco
las desperdigadas rutas,
esas miniaturas
parecidas a una hilera de hormigas tambochas,
semejan el hilo de Ariadna
descubriendo el laberinto.

La techumbre, la geometría precisa de la casa
pierde sus ventanas y,
en el aire, el templo de las Hachas
trae los primeros olores del naufragio.

Ni la ciudad, ni el licor,
ni las distracciones que la euforia transporta consigo
sirven para doblegar la mirada
que se eleva como Ícaro hacia lo desconocido.

¡Yo he creado las estrellas!

Es hora de hacer surgir en el espejo
el atacir exacto para mover el cielo.

Años y años deambulando sobre la tierra,
componiendo el talismán justo
para regresar al origen,
me otorgaron la resina de oro
precisa para restaurar mis heridas.

He caminado sobre cada estrato de Troya,
ni un caballo de madera, ni un talón de Aquiles,
sólo osamentas repletas de tierra,
los restos de Menelao como semillas resecas
y uno que otro colmillo de cerdo
resplandeciente como un mineral secreto
son los pocos remanentes
que pude rescatar del mundo que me vendieron.

Pero en un acantilado,
recuperé los huesos
de un animal fabuloso
que figuré contemplando el horizonte
y entonces,
creí en la imaginación
como el único resguardo para sostener mis años.

Ya he probado la pesadez del mar,
la sangre del caudaloso semental de la jungla,
las agujas salobres de los páramos,
las raíces del sol marcadas en el desierto…
Y con la carne blanca del Dorado,
sacié mi hambre para recuperar
el instinto.

Conozco el sabor de los dioses,
hice hogueras en sus pechos abiertos.

Como un prófugo, erré por todas las geografías
buscando mi punto de partida.

En la selva están mis restos,
guacas funerarias
lavadas por la creciente de los años perdidos.

De allí he extraído,
versos puros como figurillas de oro.



De Arepo
I

Allá, donde el cielo es un llanto inconsolable
mi rostro endurecido como una máscara de terracota
se encontró con la primera sílaba de mi nombre sagrado.

Herido de desolación, impertinente,
vociferé a los árboles retorcidos por la sal
reprochándoles su tímida ambición del movimiento.

Había logrado un canto sin lenguaje
y creía que se podía pensar poéticamente,
poseer el orbe desde una víscera fértil.

Como el vidente ciego
que reclama en el auspicio
los mensajes secretos,
mi prepotencia, pájaro mudo,
cayó derribada hacia lo yermo.

Arrojé a la creciente
el peso de cada sonido inaudito
pagué mi tributo
y entre las brumas del anochecer
el grito de la luna me iluminó los caminos.
Yací, como madera húmeda
a la orilla de aquello que necesitaba comprender.

Anfibio, aguanté el embate de la realidad,
las olas compungidas,
el matrimonio de las palabras sin artilugio,
el asombroso encuentro de lo diferente.

Mis desmesuradas barreras
crecieron hasta ser toda mi soledad.

Allá, en una inhóspita ensenada
mi ser es un destello
arraigado a las inundaciones.

Pronuncio las palabras sagradas
como alguien que se ahoga
y al abrir la boca para respirar
trago la muerte.


 

De Opera
IV

En el desierto
dos millones de pensamientos
replegados en la respiración del soñador
esperan una fragancia que dé cuenta de la tierra prometida.

Yo soy el vigía
que otea entre las tardes
olorosas impresiones
de plumas hervidas y pasto segado.

Mi voz, rito de la sangre y la memoria,
unge cada palabra con un aroma preciso para recordar.

El censo de mis palabras se reduce al amor.
Su cifra es un número fantástico
ya que, como el hombre de Vitruvio,
en el radio y cuadrado de mi ser
están todas las cosas que he sido o seré.

Regreso, a través de las dunas,
transformado en una legión apaciguada.

Después de cierta edad
no hay asombros más entrañables
que los recuerdos
de todo lo que fuimos.

El engranaje está casi listo,
nos sobran siglos para olvidar.
La noche, acuclillada,
espera la llegada del mundo.

Avivados por un gesto susceptible a la nostalgia,
entre las cenizas, de lo acaecido,
comienzan a resplandecer los sueños.

La gran eternidad apenas comienza.

Estamos a tiempo ―me avisan con ternura―
para el resto de las cosas de la vida.

No era cierto esto
de los ojos cerrándose hacia la tierra…

 


De Tenet
I

He ido tan lejos
sólo para descubrir,
que el lugar al que había llegado,
con mis antorchas heladas,
era el origen.

Soy la araña perdida en su telaraña.

He creado mi morada
tan parecida al principio.

En tierra adentro,
más adentro,
entre la roca abismal
que sostiene la niebla,
donde el caballito del diablo
y la pacunga
son el resplandor de un pasado,
he labrado mi último destino.

Ahora hay paz,
no está el hielo de los muertos
ni las ráfagas aturdiendo la noche.
Sólo la lluvia y los precipicios
como postales resucitadoras de la inocencia.

He recuperado el mundo mitológico
de mis primeros días.

Lejos de las apariencias,
descubro que el mapa sobre mi cabeza
es el mismo de la infancia.

Todas las ensoñaciones
al fin están lejos de los aguijones de lo sublime,
atrás han quedado las tapias impuestas
como decoro o subversión al agotamiento,
los versos deshabitados
y reproductores de trivialidades,
el poema como mortaja;
ciego testarudo en un mundo sin orillas.

La naturaleza, como una conflagración dichosa
envuelve lunas contempladas por aves ataja caminos,
selvas diminutas atrapadas en algarabía de guacharacas,
noches invadidas por duendes, relinchos y ronroneos
y el amor implacable de las gallinas
que resguardan a sus polluelos.

He restituido mi relación con el inicio.

Fui hacia el carnaval para aprender poesía.
Volví con silencios.

Asomado a la cumbre de la cordillera
miro los versos
que entregué a la pira de las presunciones.

Como un pájaro escondido en la espesura
canté lo inenarrable.
Se aprende a escribir para poder callar.

El verso que intento,
hecho de palabras,
desaparece.

A lo lejos, en el punto azul
que es mi hogar
vislumbro la felicidad:
ya sale humo de la cocina.

Mi perra ladra al viento,
miro por una última vez, en este día,
el gran cañón del Páez,
sus verdes poemas,
lo indecible.

Me acomodo el racimo de plátanos sobre la espalda,
sonrió a la noche que se asoma,
y seguro de mi destino
apresuro el paso para llegar a mi morada.
Un tumulto de nubes juguetonas me acompaña.


Zeuxis Vargas Álvarez (Bogotá, 1981), es licenciado en Psicología y Pedagogía con énfasis en Educación Comunitaria de la universidad Pedagógica Nacional y experto en Lectura competente de la Fundación Alberto Merani. Ha publicado los libros de poesía Las cosas que aprendí (Seshat ediciones, 2016; sello Uniediciones, 2018 y Seshat editorial, 2019); de ensayo; Razones de sobra (sello Uniediciones 2018), Murmullos de la intimidad (sello Uniediciones 2018) y la antología Depredación. Antología inusual de cuento colombiano contemporáneo (Seshat ediciones, 2017 y sello Uniediciones, 2018). Ha publicado artículos y colaboraciones en revistas nacionales e internacionales y ha sido catalogado en el centro virtual de la biblioteca University Harvard y en el centro virtual de la Organización de los Estados Iberoamericanos (OEI). Su diatriba contra Rilke fue dada a conocer en el portal Renata del Ministerio de Cultura de Bogotá en el 2010. Una pequeña muestra de su obra poética fue publicada en la antología Nueva visión de autores cundinamarqueses (editorial Gobernación de Cundinamarca, 2001). Su estudio Fabulistas de la Intimidad; Los Auténticos Extraviados, se publicó en la página virtual About, poesía en español de Nueva York y la colección de poemas Aridez en la revista Magazine Entremares de Alemania.

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