Vuela Palabra

Yaroslabi Bañuelos

Voraz, poemario de Yaroslabi Bañuelos

En esta ocasión les comparto una selección de poemas perteneciente al poemario Voraz de Yaroslabi Bañuelos (La Paz, 1991) que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2023 a través de un jurado compuesto por Balam Rodrigo, César Cañedo y Kenia Cano. Encuentro en estos poemas una voz poética muy poderosa que a través de la memoria familiar, el psicoanálisis, los trastornos alimenticios y reflexiones sobre el arte, crea una poética del cuerpo gordo dándole el lugar que no tiene en nuestra sociedad. Ojalá les gusten tanto como a mí.

Andrea Muriel 

 

El domingo era un océano triste

Todos los domingos
en casa de mis padres

se comía pescado
y en el silencio hervían

otras lágrimas de mar.
El pequeño patio
siempre olía a escamas y limón,

pero en nuestros rostros
nunca se dibujaron
los paisajes de agua salada,
sólo existía
la violencia del verano
y una mesa blanca
donde mamá
con sus uñas pobladas
de crustáceos
servía caldo de jaiba
o el amor en forma
de pez piedra.

Cada séptimo día
el menú era idéntico:
mojarras fritas,
chopa a las brasas,
la vieja TV
escupiendo fútbol,
el gemido de las ollas,
el suspiro de mi madre,
sopa de mariscos,
o pargo envuelto
en papel aluminio.

El plato fuerte: mi padre
abrazado a las latas de cerveza
y una canción
de Chalino Sánchez,
mi padre gritando
el gol de su equipo
con la boca
llena de sardinas,
mi padre con mejillas rojas
exigiendo a mamá
ahogar en aceite
otra docena de camarones
y crepúsculos fallidos.

Yo me negaba
a empujar por
mi garganta
el sabor del lenguado
o la carne seca
de las mantarrayas.
Me negaba a chupar
el esqueleto
de los peces abisales.

Bajo un manto clandestino
mamá alimentaba
mis caprichos
con buenas intenciones
y mordisqueando
mis dedos fríos
me quedé varada
en el fango
de un domingo azul,
encallada en el océano triste
que devoraba
y sigue devorando
la casa vacía de mis padres.


 

 


La hija feliz

Todavía no lo entiendo. Yo era la hija feliz,
la niña que criaba en el pecho un rumor de pájaros silvestres.
Las manos tibias de mamá
prometían arroparme con malvas y satén de colores,
vestirme de tul en los cumpleaños y carnavales,
cubrir mi cabello de confeti.
Mi padre imaginaba estrellas fugaces iluminando mi cuello:

La niña será una gran deportista, decía orgulloso.
La niña será azafata o reina de belleza, aseguraba mi madre.

Porque yo era atlética y valiente como un lince,
pequeña como el corazón de los duraznos;
en mis huesos resonaban las pisadas de los berrendos
y mis pies eran impulsados
por el sol que desprendía un cielo lleno de aves.

Pero mi apetito creció y me convertí en la hermana más ancha,
la que no cabe en una falda extragrande,
la que prefiere no acecharse en el espejo
para no ver más la carne enrojecida que cuelga de su cintura.
Pronto dejé de ser la hija feliz, mi cuerpo se transformó
en un monstruo que se alimenta de su propia sombra.

Y me vestí con la piel áspera de aquel monstruo
porque yo soy mi cuerpo
y soy también la oscuridad espesa que se derrama por la casa
igual que una mancha aceitosa.

Mis padres buscaron en vano bajo los triglicéridos
a la muchacha dibujada por la luz
y olvidaron rápido las fiestas de cumpleaños,
el futuro radiante donde gobierna eternamente la belleza,
el sueño de abrazar a una hija
que tuviera más de cien medallas incrustadas en el pecho.

Yo sigo apuñalando la negrura feroz que palpita
en el centro de mi estómago,
preguntándome una y otra vez, ¿en qué precipicio nacen
los demonios que jamás dicen «no» al último tajo?

No comprendo cuándo ocurrió todo esto.

No entiendo
en qué instante mi hambre se volvió abismo.

 




EL MUNDO NO NECESITA POEMAS DE MUJERES GORDAS
sería mejor taladrar la luz y escribir versos que canten

sobre los juegos del sol entre las hojas y los pistilos
o teclear metáforas fértiles de donde broten
exuberantes madreselvas y jardines coronados de heliotropos.
Tal vez las mujeres gordas tampoco necesitamos
poemas que nos recuerden
el peso descomunal de nuestra carne, la hinchazón de los pies,

la angustia que ya no cabe en la cintura del pantalón
y se desparrama por las caderas y el vientre.

El mundo no necesita poemas de mujeres gordas,
sin embargo, no puedo parar, igual que cuando vierto en mi garganta
vodka barato, jarabe de maíz y colorantes artificiales;
así que vuelco en la libreta hambrienta
otro poema que habla acerca de las mandarinas y los aguacates
que no me comeré, o de los fantasmas bulímicos
que escarchan mi lengua.
Sería más útil visitar al nutriólogo o ir al gimnasio,
cambiar las frituras y el chamoy
por trocitos de zanahoria, abandonar las grasas saturadas y hacer yoga,
sudar en la caminadora kilómetros de rabia,
o golpear un saco de box hasta que el mundo se rompa.

Pero en lugar de saltar la cuerda escribo versos
con olor a comida rápida, por si alguien necesita
alimentar su silencio con los susurros flacos de una mujer gorda. 

 

 

Yaroslabi Bañuelos (La Paz, 1991) Es psicóloga y escritora. Ha sido ganadora del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2021, los Juegos Florales del Carnaval La Paz en 2019 Y en 2023, los XIVI Juegos Florales Margarito Sández Villarino de San José del Cabo y el Premio Estatal de Poesía Ciudad de La Paz 2019. Es autora de los poemarios Inventario de las cosas perdidas (Ediciones de Punto de Partida, 2020) y Otro agosto habita el aire (ISC, 2020). Ha sido antologada en Semillas de nuestra tierra, Muestra ecopoética mexicana (Cactus del Viento, 2023), El oficio del instante (iSC, 2018) y Pájaros de lumbre (Barco Varado Ediciones, 2021). Fue becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA 2020-2021 y del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) en sus ediciones 2016-2017 Y 2022-2023. Se ha desempeñado como tallerista de grupos de escritura terapéutica y de creación poética.

 

 

 

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1 comentario en “Voraz, poemario de Yaroslabi Bañuelos”

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