Vuela Palabra

«Para no decir de la tierra de tus ojos», poemas de Iza Rangel

El día de hoy les comparto una selección de poderosos poemas de Iza Rangel (Saltillo, Coahuila, 1997). Me emociona mucho compartirles estos textos ya que me hacen sentir muchísimas cosas y me encuentro deseando releerlos una y otra vez. Encuentro en ellos una cadencia envolvente, un desasosiego que surge de las cosas del día a día donde la memoria emerge y desgarra. 

Andrea Muriel

Oimiakón

En la sala número siete
se quemará la muchacha que toma
un puño de palomitas y un trago de refresco

se prenderá fuego el joven nervioso
que usó la loción de su padre,
y la chica a la que le rozo la mano
porque tú estarás tan lejos de todo y de mí

se incendiará el hombre que se sentó delante
sin mirar la pantalla,
venía a dormir
después de tres noches de desvelo

se quemará el chico que faltó a clases
y morirán también las butacas
que a esa hora lo hacían sentir tan tibio,

se prenderá fuego el anciano
que aquella tarde pensaba en regresar
al patinaje sobre hielo,

se quemarán tres amigas que salieron antes del trabajo,
unos amantes que esa tarde se iban a dejar,
un padre que no regresará
por los niños que lo esperan en la escuela

y ése será mi regalo
una sala de cine que se incendia
donde eres tú quien sobrevive

te regalaré un incendio
y yo sé que la luz —por su proximidad—
no te dejará mirar
hasta que pase el tiempo
y al fin se cave un pozo entre los dos

te regalaré un incendio
y será como estar un instante al aire libre
perdida
a las afueras de un pueblo tan frío como Oimiakón
bajo la nieve
hasta que un glaciar se funda en ti

desearás estar de vuelta
y tal vez, sólo entonces, te preguntes
entre los cuerpos calcinados
dónde estoy

 

 

 

 

Extendí no hace mucho encima de la mesa una toalla
para planchar mis camisas

quitarles las arrugas con el vapor
que la plancha va mutando
en su interior

el ciclo del agua
que logra convertir
para alisar todas mis arrugas
que como montañas
surcan una planicie
hacen cordilleras
y se parecen tanto a las venas gruesas de mis brazos

así
todas mis camisas
suponen un cuerpo
que por lo bajo las sostienen

y late ese cuerpo imaginado
que no tengo aún
que no poseo
respirando a través de su tela

un sistema nervioso
una piel que se arruga
se derrite
húmeda por el vapor
que mis camisas en blanco negro iluminadas
bajo la luz de la linterna
figuran un atardecer
que las diluye en otros tonos
que se filtran en la abertura del botón
como los párpados que de algo nos protegen
y las manos que entonces nos suponen
para salir también de esa oscuridad
del cuerpo que desnudan
como dando muestra de que existe
algo más de lo que ves

y ese cuerpo por debajo de la ropa
aún sin referente
un pecho femenino que en tumor
el seno izquierdo brilla
haciendo de las fibras que componen la carne de los músculos
un racimo de uvas leche
nudo de piedra caliza
y lo morado de la piel estela de luz que se comprime
para caber en el espacio seguro de las prendas
del suceder sin importancia de la ropa
de las cosas que se doblan y caben después en el cajón
apiladas unas sobre otras
o extendidas también sobre los ganchos  
que simulan nuevamente otro interior
con lo particular de sus franjas y fracturas
más allá de lo posible aún por alisar
como si al pasarlo por la mesa de planchado
alcanzara lo más simple
una futura perfección imaginada

la de un cuerpo que no poseo
el deseo transmutado
como si fuera el exterior una manera de llegar a introducir
ese centro cavado a fondo de mi cuerpo
donde una presa
un ojo de agua surge entre la sierra
y lo demás

como si el ritual de las camisas
me evadiera de pensar
lo mucho que me pesa
lo que mi cuerpo no produce
por más que lo desee o sienta la parte blanda que me late al interior
porque sin duda todo lo daría
para que algo aún más allá de mí
se transformara

 

 

 

 

dijera que no había nada en el origen
es impensable
así que debía haber otra forma de entenderlo

estaba el músculo de tu corazón bombeando
y arremetíamos contra el mar poniendo el pecho

el agua estaba helada
pero te hacía resplandecer
como lo atigrado de los gatos
por la noche encima de las bardas

tenías tú la boca blanca
y de ella te nacía un tulipán
y yo pasaba mi lengua alrededor de sus pétalos
húmedos
mientras el agua
rompía la epidermis de su nombre
y como todo mar se ponía sensible 
se estrellaba

tenía la arena algo de paisaje
de cuadro que borra al mundo
mirándolo en tus ojos

en el centro del agua
nos sentíamos dentro de una fábrica de veladoras encendidas
y las mirábamos caer desde afuera
como la nieve
como la lluvia
que te hace pensar en cerrar las ventanas

venían las olas
haciendo espacio entre los dos como un silencio
un gran silencio
para poder oír las voces de los otros en la arena
la vibración de los camiones dando vuelta en las esquinas
el aleteo de un helicóptero rojo que giraba allá en la altura
—no estábamos entonces en silencio—
pero nos quedábamos callados
mientras las olas nos hacían estar tan lejos
se me va a pasar, dijiste
cuando venía hacia nosotros otra vez el agua 
y yo quería decir algo como:
me sorprende que existan los trasplantes
que pueda latir el corazón de alguien en tu propio pecho
como metáfora de algo
que se instalaba entre nosotros
pero no pude decir
y creo que alguien al final  llorará por eso   
alguien debería llorar por eso
o simplemente como yo
hundirse
cuando el agua vuelva
de esta forma entre los dos

 

 

 


Un eclipse

Será la figura de tu rostro
la cabellera que cubra el océano
al helado crujir de las olas
como hielos pendulantes
como dedos que corren por la espalda
la línea vertical de tu columna
que mira fijamente el resplandor que tuesta tus hombros

es el firmamento un puñado
una acumulación de pigmentos

como constelación lunar
me cubre la figura de tu cuerpo celeste

un hoyo negro en el azul
disipando todo cúmulo
aliviando la densidad
limpísima del cielo

sin tu nombre no se arremolinan

antes todo en la presencia
y toda presencia se derrota

ya no más el baile de las nubes
no el sonido del viento
fuera piedra sobre piedra
enredado en el filo de la ola
tropezada en sí
revuelta en sí

en una equivalencia
entra en tu remanso
oscurece sombra parte del azul

en tu fijeza eres el punto final
como un foco cubierto a mitad del cuarto
con una sábana encendiéndonos nosotros
como linternas que iluminan el paisaje
con las rodillas hasta el agua
parados a la mitad con las bocas abiertas
por el impulso
por el asombro de los pescadores.
El mar calmo es el cielo en tu rostro
no vuelto a comenzar

el mundo previo
el de las aves guardadas en los nidos
arrojando el silencio sobre todas las baldosas
en las calles
alto al suceder del motor
es el cielo en posición de llanto o sacrificio
que me sacaría el corazón
te lo pondría a un lado
latiendo más allá del cuerpo
manchado de azul de amarillo polvo

la luna rapta su eje cubriendo casi por completo
y todos quieren cazar la pausa

ante ti cruzándonos somos uno
no nosotros

es el cabello en tu cara frente a la mía
tu peso sobre mí moviéndose de la manera más linda
un si tuvieras que ir más allá de mí
te pediría nuevamente que no vayas

bajo esa oscuridad vuelve todo a renacer
y las aves confundidas hacen círculos
se mueven en círculos
vuelan creyendo que cambiaron los polos

las hormigas dejan de marchar en fila
las abejas
y hay peces que parecen
tocar con sus bocas diminutas la piel de tus pantorrillas

la noche duró un segundo
se fue y me sigue confundiendo
ver tan de cerca tu cara
y no pensar que el mundo se cerró

 

 

 

 

Para decir que estás miro la noche
y me imagino acariciando un perro,
lo doméstico

mee siento como un montón de brazos que lo cubren
aborregado en la escuadra de mi pecho
que es como una calle y sus cuatro esquinas
una cruz donde lanzar los alfileres
y girar sus cabezas redondas color pastel
y sin mirar atrás

esa forma de romper los conjuros que nos atan
llevándonos un rezo a los labios
en mi respiración de tu boca
que muerde la fruta
la desvive
y tu lengua aparte de la mía

pienso mucho en tu cintura
en Sonora
en el Sonora

hay una cosa atrapada ahí en tus ojos
hay un claro espacio entre mis manos
hay una neblina abrazada a los cerezos y un bosque que no podré cruzar
hay un cuerpo en canal atravesado
hay serpientes que pierden la palabra
hay un escapulario donde recojo tu cabello
una cabeza mutilada a ojos abiertos
hay un cuerpo y los aceites que lo cubren
leche derramada sobre enjambres
y es café la tolvanera de tus ojos
que me apaciguan en esta forma de mover las manos
de andar descalzo por la lumbre
y mirar la cacería del último león y su cachorro
o detenerme a pensar en ti cuando veo a los pingüinos
contra un estampado blanco
cuando estoy hundido en el vagón de un tren
y creo que es verdad

hay animales que se pierden
que no recuerdan eso de volver cuando hace frío

no veo la noche  y ni siquiera tengo un perro
por no decir de ti
de tu cintura
y lo mucho que verte me hace llegar hasta el Sonora
a pensar en los truenos de colores
en tu boca
que se parece tanto a estar adentro y toda tuya tan dentro de una casa
en la cal y el sabor de los ladrillos
para no decir de la tierra de tus ojos
o el petirrojo que se esconde en el hoyo de tu pecho
y lo tibio de esa noche en que me dejaste sujetarlo

 

 

Iza Rangel (Saltillo, Coahuila, 1997). Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas y del diplomado en Arte Dramático en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el periodo 20-22.  En 2019 obtuvo el premio nacional Dolores Castro en la categoría de poesía por su libro Envilecidas como hienas miramos la espesura de ese cielo (2019).  Textos de su autoría se encuentran en las antologías Los nombres del mundo (2015) y Cartografía a dos voces (2016). En 2017, a través del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo, impartió el taller literario Los autores de la onda dirigido a niños y jóvenes.

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