Vuela Palabra

Jorge Galán-Vuela Palabra

El testigo y otros poemas de Jorge Galán

Leeremos “El testigo” y otros poemas de Jorge Galán (El Salvador, 1973), seudónimo de George Alexander Portillo, es poeta y narrador. Ha publicado Breve historia del alba (Rialp, España, 2007), El premio inesperado (Alfaguara infantil, 2008), Los otros mundos (Alfaguara infantil, 2010), El estanque colmado (Visor, España, 2010), La ciudad (Pre-Textos, España, 2011), La habitación al fondo de la casa (Valparaíso, España, 2013) y El círculo (Visor, España, 2014). Entre los varios reconocimientos obtenidos por su obra, cabe destacar el Premio Jaime Sabines (México, 2011); el Premio Internacional di poesía Villa de Cox (España, 2010); el Premio Internacional Antonio Machado (España, 2009); el Premio Adonáis (España, 2006) y el Premio Hispanoamericano de poesía de Quetzaltenango (Guatemala, 2004).

 

Traducción al italiano de Gianni Darconza.



La oscuridad siempre nos halla solos.
L’oscurità ci trova sempre soli.

 

 

 



EL TESTIGO

Al final, estaba solo. La oscuridad siempre nos halla solos.

Salí del fuego como un profeta sale de la muerte.
Mi espalda fue la última oscuridad que miraron del mundo
los que se quedaron atrás, atrapados
de los talones y las manos por lo definitivo.

Al despertar yacía bajo una sábana como un mar blanco.
A mi alrededor la muerte era un perfume oscuro
y las ventanas atrapaban al día y lo echaban encima de mí.

No podía olvidar que éramos nueve pero al final estaba solo.

El microbús iba a través de la penumbra.
A ambos lados había grandes árboles y todo parecía apacible.
Luego sonó un disparo, el primero, y su sonido
fue exactamente como el último. Y todo se detuvo. El autobús,
la noche, los otros autos, los días venideros.

Entonces vinieron esas voces ininteligibles y aún así́ humanas.
Maldiciones dichas en lenguajes vulgares.
Y la gasolina rociada como aceite sobre una cabeza,
un acto de fe convertido en terror.

Fue tan difícil comprender que habían sido capaces.

Todos estábamos adentro cuando empezó
Un bautizo de fuego en plena carretera, bajo la sombra
de los árboles, al inicio de una noche que ya no tuvo límites.

Y al final, estaba solo. Y aún no comprendo cómo me levanté
y salí de la selva de luz envilecida,
erguido como un hombre pero siendo menos que un hombre:

un recordatorio, una carta sombría, un vestigio
donde los que se asomen podrán sentir el peso de la luz estos días.



IL TESTIMONE

Alla fine, ero solo. L’oscurità ci trova sempre soli.

Uscii dal fuoco come un profeta esce dalla morte.
La mia schiena fu l’ultima oscurità che videro del mondo
quelli che rimasero indietro, imprigionati
per i talloni e per le mani per sempre.

Al risveglio giacevo sotto un lenzuolo come un mare bianco.
Attorno a me la morte era un profumo oscuro
e le finestre catturavano il giorno e lo gettavano su di me.

Non potevo scordare che eravamo nove ma alla fine ero solo.

Il minibus andava attraverso la penombra.
Su entrambi i lati c’erano grandi alberi e tutto sembrava tranquillo.
Poi suonò uno sparo, il primo, e il suo suono
fu esattamente come l’ultimo. E tutto si arrestò. L’autobus,
la notte, le altre auto, i giorni a seguire.

Allora giunsero quelle voci inintelligibili e ciononostante umane.
Maledizioni dette in lingue volgari.
E la benzina cosparsa come olio sopra la testa,
un atto di fede tramutato in terrore.

Fu così difficile capire che ne erano stati capaci.

Tutti eravamo dentro quando cominciò.
Un battesimo di fuoco in piena strada, sotto l’ombra
degli alberi, all’inizio della notte che non ebbe più limiti.

E alla fine ero solo. E ancora non capisco come mi rialzai
e uscii da quella selva di luce svilita,
eretto come un uomo pur essendo meno di un uomo:

un avvertimento, una lettera oscura, un vestigio
dove quelli che si affacciano potranno sentire il peso della luce in questi giorni.




22702353

Han pasado los días negros,
he visto hacia atrás golondrinas que migran
ya no al sur sino siempre hacia el norte,
hacia el frío, hacia el acantilado por donde baja el cielo.
Días negros como cartas llenas de frases sin terminar.
A través de ellos he vuelto hasta esa calle
donde existe una casa de una sola ventana
y habitaciones en penumbra donde la vida, mi antigua vida,
es un residuo de sombra bajo muebles
repletos de vestidos manchados por el polvo.
En ese breve sitio no queda nadie para mí. Nadie
que pueda mirarme y decir una palabra que resuma la noche
y la convierta en un punto final.
Pero sé que el caldo aún hierve, que la carne
y la pasta aún se sirven, incluso en platos más hermosos,
y la albahaca florece en las macetas.
Sé que los que debían permanecer aún permanecen.
Una fotografía o muchas deben decirles que les pertenecí,
el dibujo de un plano en la pared, líneas curvas
que no tenían fin, como mis piernas y mis labios de entonces;
un libro, una receta inexplicable, un canción tristísima,
algo debe decirles que aquella fue la casa
de mi adolescencia enfebrecida y enfurecida y terrible,
un enorme cuento de amor reducido a un reflejo:
el de un niño que mira hacia las aguas
y comprende la noche.



22702353

Sono passati i giorni bui,
ho visto dietro di me rondini che migrano
non più a sud ma sempre verso nord,
verso il freddo, verso la scogliera da cui precipita il cielo.
Giorni bui come lettere piene di frasi non terminate.
Attraverso di loro sono tornato a quella via
dove esiste una casa con una sola finestra
e stanze in penombra dove la vita, la mia antica vita,
è un residuo d’ombra sotto i mobili
stracolmi di vestiti macchiati dalla polvere.
In quel breve spazio non rimane nessuno per me. Nessuno
che possa guardarmi e dire una parola che riassuma la notte
e la tramuti in un punto finale.
Ma so che il brodo ancora bolle, che la carne
e la pasta sono ancora servite, persino in piatti più belli,
e il basilico fiorisce nei vasi.
So che quelli che dovevano restare restano ancora.
Una fotografia o molte devono dire loro che gli appartenetti,
il disegno di un piano sulla parete, linee curve
senza fine, come le mie gambe e le mie labbra di allora;
un libro, una ricetta inspiegabile, una canzone tristissima,
qualcosa deve dirgli che quella fu la casa
della mia adolescenza, febbrile e infuriata e terribile,
un enorme racconto d’amore ridotto a un riflesso:
quello di un bambino che guarda le acque
e capisce la notte.

 


EL OLOR DEL CAFÉ

El olor del café viene de abajo, de ahí donde un perro
ladra a la oscuridad, no hay nadie ahí,
eso quiero creer pero no importa,
el viento se ha aquietado, las aves
no han vuelto con la tarde,
el silencio ha crecido en las paredes
como un mapa del cielo, todo acaba y empieza,
no obstante, la tristeza es la misma,
por ello, confundido, me asomo al mundo,
es nuevo, y sin embargo nada
me parece distinto o más hermoso.
Me siento en el balcón y observó la ciudad,
oscurece, el frío suelta sus trineos,
la oscuridad se mueve, dentro de mí la siento,
de pronto avanza en mí como otra sangre.
Nada parece estar con vida. Los edificios
parecieran vacíos. Las calles,
como ríos que se volvieron látigos
debido a la sequía, se estrellan en la espalda del viento.
De lo que debía venir nada viene, salvo el aroma
del café que me hace pensar en la otra casa,
en el olor de la vainilla, en el lujo
de unos zapatos nuevos, en las voces alegres de los tíos
y el calor de la madre y al beso de la madre
y el padre de mi madre, y el dolor que crecía
entre todos nosotros como una gran penumbra
y a toda la claridad de esa penumbra, a todo eso
vuelvo a través de esta inútil memoria,
cuando veo sin quererlo hacia atrás, hacia el centro
de ese paisaje de árboles raquíticos
donde no queda bosque, ahí donde las épocas del mundo
se volvieron memoria de la dicha
para dejarnos solos.



L’ODORE DEL CAFFÈ

L’odore del caffè viene da sotto, da laggiù dove un cane
latra nell’oscurità, non c’è nessuno lì,
questo voglio credere ma non importa,
il vento si è calmato, gli uccelli
non sono tornati con la sera,
il silenzio è cresciuto nelle pareti
come una mappa del cielo, tutto finisce e comincia,
ciononostante la tristezza è la stessa,
per questo, confuso, mi affaccio al mondo,
è nuovo, e tuttavia nulla
mi sembra diverso o più bello.
Mi siedo sul balcone e osservo la città,
fa buio, il freddo libera le sue slitte,
l’oscurità si muove, dentro di me la sento,
improvvisa avanza in me come altro sangue.
Nulla sembra essere vivo. Gli edifici
sembrerebbero vuoti. Le strade,
come fiumi tramutati in fruste
a causa della siccità, si scontrano sulla spalla del vento.
Di ciò che doveva venire nulla viene, eccetto l’aroma
del caffè che mi fa pensare all’altra casa,
all’odore di vaniglia, al lusso
di un paio di scarpe nuove, alle voci allegre degli zii
e al calore di mia madre e al bacio di mia madre
e il padre di mia madre, e il dolore che cresceva
tra tutti noi come una grande penombra
e a tutta la chiarezza di quella penombra, a tutto questo
ritorno attraverso questa inutile memoria,
quando guardo indietro senza volerlo, verso il centro
di quel paesaggio di alberi rachitici
dove non resta alcun bosco, lì dove le epoche del mondo
si sono tramutate in memoria della felicità
per lasciarci soli.



TRENES

Solo algunos ancianos quedan en la mañana.

Ellos conversan sobre trenes, recuerdan ciertos viajes
hasta ciertos lugares que hace mucho no existen.
Visitan los cafés, las esquinas, las albas, los jardines.
Se detienen para escuchar el murmullo de las lechuzas,
para recoger una almendra del suelo humedecido,
para mostrar una fotografía que siempre ha sido antigua,
para mirar unas montañas que ya no recordaban.
Para ellos el viento siempre será un cabello largo
y el aroma de los jardines ya no será algo más que muchacha.
El calor para otros es una camiseta que baja lentamente,
pero ellos están fríos a la orilla de un río todavía diáfano.
No morirán esta mañana, eso lo saben, por eso están felices,
por eso están hablando que se han vuelto siluetas,
que se han tornado oscuros como sus propias voces,
que su piel macilenta casi se ha vuelto viento.

Solo algunos ancianos permanecen, conversan…

Los trenes que recuerdan son cada vez más lentos.



TRENI

Restano solo alcuni anziani il mattino.

Conversano di treni, ricordano certi viaggi
fino a certi posti che da molto tempo non esistono.
Visitano i caffè, gli angoli, le albe, i giardini.
Si fermano ad ascoltare il mormorio delle lattughe,
a raccogliere una mandorla dal suolo umido,
a mostrare una fotografia che è sempre stata antica,
a guardare delle montagne che non ricordavano più.
Per loro il vento sarà sempre dei capelli lunghi
e l’aroma dei giardini non sarà più che una ragazza.
Il calore per altri è una maglietta che scende lentamente,
ma loro sono freddi sulla riva di un fiume ancora diafano.
Non moriranno stamattina, questo lo sanno, perciò sono felici,
per questo stanno parlando che son diventati profili,
che si sono fatti scuri come le loro stesse voci,
che la loro pelle macilenta si è quasi tramutata in vento.

Restano solo alcuni anziani, conversano…

I treni che ricordano sono sempre più lenti.




EL ENGAÑO

Primero vio el árbol y luego escuchó el pájaro.
Era un pino alto y viejo y robusto,
amarillo y verde a un tiempo y tupido en sus ramas.

Él se acercó.

El canto del pájaro era brusco y hermoso
            de la misma forma que un río lo es en el invierno.
El día había pasado de la frescura a la tibieza
pues se acercaba el mediodía.
Él buscó entre las ramas el plumaje y el pico,
miró aquí y allá, más cerca del tronco y más lejos,
se movió buscando a la derecha y a la izquierda
y a la izquierda otra vez y a la derecha,
el ave seguía cantando y el árbol creciendo.

Súbitamente, al mover la cabeza, en un hueco
que formaba el follaje, entre una rama delgada y otra rama,
se halló al sol por entero,
un terrible astro duro cincelado sin tregua por las primeras manos
en un extraño oro incomparable.
Él quedó ciego.
El día se hizo blanco.

¿Me pregunto quién era de los dos el maligno:
si el pájaro o el árbol?



L’INGANNO

Prima vide l’albero e poi ascoltò l’uccello.
Era un pino alto e vecchio e robusto,
giallo e verde insieme e fitto di rami.

Lui si avvicinò.

Il canto dell’uccello era brusco e bello
            con la stessa forma che ha un fiume d’inverno.
Il giorno era trascorso dalla frescura alla tiepidezza
poiché si approssimava mezzogiorno.
Lui cercò tra i rami il piumaggio e il becco,
guardò di qua e di là, più vicino al tronco e più lontano,
si mosse cercando a destra e a sinistra
e a sinistra un’altra volta e a destra,
l’uccello continuava a cantare e l’albero a crescere.

Improvvisamente, nel muovere la testa, in una cavità
che formava il fogliame, tra un ramo sottile e un altro ramo,
si ritrovò nel sole interamente,
un terribile astro duro cesellato senza tregua dalle prime mani
in un oro strano e incomparabile.
Lui rimase cieco.
Il giorno si fece bianco.

Mi chiedo chi dei due era quello maligno:
se l’uccello o l’albero?

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