Vuela Palabra

Andrea Marone

Cinco poemas de Andrea Marone

La poesía de Andrea Marone es un recorrido sensorial que explora las complejidades humanas y su conexión con el entorno. Sus versos, imbuidos de introspección, capturan la esencia de emociones como el amor, la nostalgia y la fugacidad de la vida. Marone fusiona influencias literarias y filosóficas, desde el surrealismo hasta la filosofía existencialista, en una prosa lírica que oscila entre lo personal y lo universal. A través de su obra, invita a reflexionar sobre nuestra existencia y la búsqueda de sentido en el vasto universo.


Marisol Bohórquez Godoy

 



De niños no debemos
dibujar en las paredes

es como una ley, la respetamos.

Sin embargo, cuando el agobio
del sol derrite la brea
en las junturas de cerámica
agarramos un palo y esparcimos
la tinta negra sobre las baldosas.

Es una forma de hacer inmortal
nuestro trazo tembloroso.

Recuerdo cuando rellenaron
con hormigón el pavimento
y escribimos nuestros nombres
en el puente del garage.

Viví en muchos otros lugares
pero, nunca me fui de ahí.

El ejercicio de la mudanza
es un trazo indeleble en la hoja blanca,
y mi nostalgia una herida a combatir,
un insulto balbuceado sin convicción.
Cada una de esas habitaciones
incluida la tuya, incluida la de él
fue mi casa.

Prometo amar la alteridad
de cada cuarto vacío.


Tras saborear el dulce todavía tibio
entro en trance, soy poseída.
En mis párpados cerrados
conspiran los frutos por nacernos.
Hablan con la trayectoria del caer de sus pétalos.
Fértiles por saldar la herida
ensayan partos mudos.
Su semilla engrosada con el barro
todavía se fragmenta entre las raíces.
Cascarón de huevo.
Es que hay un dolor silencioso
desde donde ocurre lo vivo.
Y agonizan hojas, tallos
conjuran cantos para alivianar la quemazón.
Cae la melodía que es agua espesa
entre las piedras del arroyo.
Cae cada nota por mi sumergida piel de manzana.

Bebe del río y remonta la calandria.
Su vuelo repite una coreografía
que es un himno de la vida nacida a la intemperie.
El ritmo es invisible.
Dibuja en el cielo figuras trágicas.

Bocanada de piedad que consigue sublimar
el equilibrio frágil del instante irrepetible.


Una muchacha camina
a las seis pm por la alameda.
Es verano el desierto nos apelmaza
esquina Córdoba y San Martín
menduco triángulo de las bermudas.

Todos pasan nadie está.

Los libreros toman birra,
los libros usados se queman al sol.
Zona de cotillón y casas de tela
(retazos en oferta, seda, gamulán).
Se refracta el sol en las bolsas de nylon de los transeúntes.

La piba tiene el pelo seco, decolorado
medio pajizo.
Cumbre del agua oxigenada.
Una línea gruesa delineando el párpado
bien negra como marca de crayón
falda de cuerina descubriéndole los músculos
y medias en red.

Facha noventosa, algo vintage, un toque dramática
piel trigueña ensombrecida por tatuajes
en cada rincón de su fragilidad.
Los brazos ahogados con pulseras de tachas.
Sostiene una mochila, parche cosido de banda de rock.
Adentro, como la sangre que pugna por salir de
la costra:
leche en polvo, una vela
número cuatro de parafina azul.
¿Y el niño? no juega
más bien se esconde entre los postes
bancos municipales y las caderas de mamá.

Hijo de la luna

Tiene ojos transparentes,
no es vampiro pero el sol daña su piel.
El pelo resplandece como un foco de tungsteno
y la piel tan blanca, blanca
que las f lores de los jazmines le tienen envidia.
Podría perderse entre los riscos cuando nieva en
la montaña,
por fin impropio, por fin desdibujado
el cachorro albino de mamita punk.



Ya no recuerdo el lugar de la herida.
Fue la muerte, no sé si el amor,
pero mi corazón —pulpa  anaranjada
de mango crudo— quedó desollado
en una estaca de plaza pública;
me acovaché como un crustáceo
cuando baja la marea (sin descuidar
el caparazón tornasolado).
Mi ausencia encalló en tu costa brava,
lo vaticinaban las estrellas:
el ancla desvencijada de la barca
nos destinaba a un tierno vagar,
fueron meses que pasamos en silencio.

Fui una estatua de sal,
un espantapájaros inmolado
en cada ráfaga de zonda.

Céfiro helado cristalizando
el desamparo en mis pómulos
de tela y cartón. Hay un contraste
(entre aquella brisa y el mármol)
que recuerda nuestra fragilidad,
nuestra convergencia momentánea,
vital.

Verde eternidad imposible
(en el amor y en la guerra).
Las tardes en duermevela
tiñen mis circunstancias
con un sabor salado,
nostalgia de mi reclusión marina;
difícil de distinguir, olvidable.

No es trágico sólo
una condición de época.


El metal grisáceo se anaranja
al fondo de la tartera. El tiempo

herrumbra mi cocina,
los sabores que masticamos al unísono
son polvo, recuerdos que pierden nitidez,
relevancia. Hagamos un esfuerzo ¿te acordás?
nos habíamos ido de vacaciones
pero cuando volvimos
todo estaba viejo y desgastado.
El óxido se había comido las ollas
y no hice nunca más una tarta de atún.

Fue un día triste, pero me dio alivio
saber que empezábamos a olvidarnos.


Andrea Marone, nacida en Mendoza, Argentina en 1994, es una escritora y correctora radicada en Buenos Aires. Actualmente, cursa estudios en Artes de la Escritura en la UNA, tras haber completado la Licenciatura en Letras Modernas en la UNCuyo. Su destacada labor literaria se evidencia en el reconocimiento que recibió al obtener el primer premio en el Certamen Literario Vendimia 2021 con su obra poética Arterias (Ediciones Culturales, 2022). Entre sus publicaciones se destacan La conspiración de los damascos (Ojo de Golondrina, 2019) y Vampirización del ego (Mar Adentro, 2017). Además, Marone contribuye activamente al ámbito editorial como miembro del consejo editorial de la revista Gambito de Papel y lidera el proyecto de difusión de poesía y arte visual, Postales Federales.

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