Vuela Palabra

ANDREA MURIEL «A veces el amor es un cactus»

Presentamos una selección de poemas del libro A veces el amor es un cactus (Osa menor, 2019), obra debut de la poeta y traductora mexicana Andrea Muriel.

Dejo morir los cactus para no tener que cuidarlos y otras cosas que no me atrevo a confesarme a mí misma y mucho menos a ti

No sé amar sin condiciones.
Eso implicaría quererte
cuando no me pareces divertido
cuando te ves mal
o hueles feo.
Te abrazo y te digo que vamos a estar bien
pero de vuelta en mi cuarto me pregunto
por qué estamos juntos,
si podría estar con esos defectos
para siempre.

Entonces, comienzo a planear mi huida.

Muchos piensan que se necesita
gran fuerza para dejar a alguien,
pero no es cierto:
besar la espalda de alguien
cada mañana
todas las mañanas
es el verdadero acto de valentía.

Tibia conveniencia

La última vez ni siquiera nos besamos.
Entré a la habitación despacio
y sin intercambiar palabras
comenzamos a desvestirnos.
No hubo prisa,
tampoco me detuve a tocar tu espalda,
y muy pronto, comencé a calcular cuánto tiempo
tardaría en salir de ahí.
Llevamos juntos muchos años,
conocemos nuestros cuerpos,
y sabemos cómo hacernos llegar al orgasmo.
Termino y te sonrío,
luego vuelvo a mi mesa de trabajo.

Es mejor acompañarnos en silencio
a desmoronar la vida
que hemos construido.

Cómo saber si un cactus ha muerto

Primero habría que fijarse en la rigidez de sus espinas,
luego en la consistencia de su cuerpo
que debe ser firme y robusto,
más tarde habría que pensar en el clima
o en cada cuánto se le puso agua.
Un cactus muere tres meses antes de que nos demos cuenta
y es imposible saber si las pequeñas señales:
los bordes amarillos, el encogimiento,
son indicios de la muerte o tan sólo parásitos.
Los expertos dicen que sólo existe un signo
inequívoco de la putrefacción:
hay que pinchar su carne
para ver si brota algo y confirmar
que el hedor ha comenzado a formarse
desde dentro.
Dicen que el amor es de todos los días
pero yo no sabía que los cactus pueden llegar a ahogarse.
Pensé que cuidarlo era ponerle más agua.
Siempre me ha costado entender cuánto es suficiente.

El poema que le prometí a tu espalda

Recostada a tu lado
observo tu nuca
y la curva que poco a poco
se transforma en tu cuello.
Acariciar tu espalda
me hace pensar en Central Park.
Detrás de mis ojos cerrados
veo árboles altos en lo que parece ser
una postal de invierno.
Tú y yo nunca hemos estado
en Central Park pero creo reconocer
el paisaje de alguna película
y recorro con mi memoria la escena
de un libro de Richard Yates.
Tú y yo
nunca
estaremos en Central Park.
La última noche es un cliché
y sin embargo tengo los dedos helados.
Tu espalda no se parece en nada
a Central Park pero cierro los ojos
y siento que me adentro
cada vez más, noto la brisa helada,
los copos de nieve cayendo
poco a poco
sobre tu cuello.

Stalker

Veo las fotos de cuando estábamos juntos.
Me acuerdo de las de esa fiesta a la que fuiste sin mí
y en la que te veías tan guapo.
Cuando llegaste conmigo,
me ayudaste a redactar mi tesis
pero yo sólo podía concentrarme
en lo hermoso que habías sido unas horas antes,
en el modo en que existías cuando no estabas conmigo.
¿Cómo serás ahora?
Nunca subiste demasiadas fotos a FB,
a pesar de lo vanidoso que eres y las tantas selfies
que guardas en tu celular.
Intento buscar las fotos que me enviabas por WhatsApp
pero claro, hace algunos meses las borré
para no tener la tentación de verte tanto
que pudiera arrepentirme de alejarte de mí.
Nunca me sentí más bonita que contigo,
creo que era el brillo cobrizo de tu piel
o tus ojos nerviosos al dejarme.
Qué peligro nuestros cuerpos juntos.
Por eso no te llamo, por eso sólo te busco
en tus redes sociales para saber de ti
a través de un filtro virtual.
No sé si me gustas más en blanco y negro
o a color, pero me gusta tu nariz,
aunque sea un lugar común
porque a todas tus exnovias les gusta tu nariz.
Te ves muy guapo en tu foto de perfil
pero a esa no le di like
porque cuando la subiste ya no estábamos juntos.
Creo que sigues adelgazando
y veo que has vuelto a hablar con aquella chica.
No es que me importe, pero veo
que también hablas con una nueva chica en Twitter
y quisiera decir que me da gusto, pero es raro.
Ahora ella es quizá la más guapa del mundo
por tu piel y tus manos y esas cosas.
¿A cuántas bromas locales no contestaré
aunque las entienda? ¿Por qué me cuido tanto
de no retwittearte cuando hablas de dinosaurios
y el amor?
Ese tuit sería un gran primer verso, te habría dicho entonces,
y hubiéramos escrito más poemas en la regadera.
También habríamos hecho alguna nueva locura,
mandado una foto al grupo de nuestros amigos
y ellos serían cómplices una vez más
de lo cursis que nos volvíamos juntos.
Hoy me conformo con verte de vez en cuando
a través de un filtro de Snapchat
husmeo en tu historia de IG
y me como las uñas esperando no verte,
haciendo lo posible para no encontrarte
en la vida real.

Andrea Muriel (Ciudad de México, 1990) es poeta y traductora. Estudió la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP y la maestría en Letras Modernas – Inglesas en la UNAM. Ha traducido varios libros del inglés y del italiano entre los que destacan el poemario Dímelo de Kim Addonizio (Valparaíso, 2016) y la novela La imperfecta maravilla de Andrea de Carlo (Seix Barral, 2018). Fue parte del programa de escritura creativa de la Fundación para las Letras Mexicanas. A veces el amor es un cactus es su primer poemario (Osa menor, 2019).

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