Vuela Palabra

Gonzalo Márquez Cristo

GONZALO MÁRQUEZ CRISTO «Pretendo que todo lo perdido se convierta en poema»

Presentamos una selección de poemas del escritor colombiano Gonzalo Márquez Cristo, quien falleció en mayo de 2016 dejando un importante legado. Es nuestro deseo en Vuela palabra contribuir para que su voz siga viva entre nosotros.

 

Descenso a la luz

La noche es mi regreso. Transito el museo de la ausencia.

Todo sufrimiento es inútil para quien no persigue la poesía, para quien no alimenta con sus ojos a las águilas.

Ejercito la sed. Amo tan sólo a quienes no pude salvar.

Ya no existe una oscuridad que guíe nuestros sueños ni los fantasmas del deseo inconcluso; sólo el abyecto intercambio que ha remplazado al rito.

Ya no busco, pierdo…

Y ni siquiera encuentro lugar en el asombro.

No puedo olvidar más. Ni pretendo saber las tres respuestas ocultas por la muerte.

Aquí nadie carece del odio necesario para recobrar el paraíso, ni confiesa su ruda caída en el día.

Debo ser sombra o grito. Retorno o nacimiento.

Cada origen decretará la abolición del yo.

Es entonces cuando la respiración será verde.

Y aunque todo se lo deba al dolor… Avanzo: caigo. Elijo los caminos que no tienen final. Las voces que incendian las tinieblas. El poema.

Tú lo sabes, cuerpo estremecido:

No es en el tiempo donde he puesto mis palabras.

Restituciones

Pretendo que todo lo perdido se convierta en poema.

Las heridas como los huracanes tienen nombre. Y aunque ignoro por qué a mi alrededor nacen los abismos, desde el origen fui mancillado por la felicidad, por su cima inclemente.

Las invasoras restas del recuerdo. La pugna de la raíz. La antigüedad del silencio…

No pongo flores en el cementerio del sueño, pero continúo a pesar de todas las arenas movedizas del espíritu.

La culpa que no te deja partir es el amor.

Y ahora la niebla, la lluvia, la ausencia…

El desequilibrio llamado belleza, la terrible orfandad de lo sagrado, la rosa ígnea que me guía en la desesperación…

Sé que el camino terminará por encontrarme.

Como todo lo que se hace visible para morir.

Génesis

Para sobrevivir nos arriesgamos a la memoria, nos entregamos al vacío.

Ya conocimos el ave de rapiña del viento y la serpiente del agua. El silencio jamás volverá a separarnos.

Regresamos al sílex, escuchamos la oración del fuego.

Emprendemos el numinoso sobresalto. Vivimos la voracidad de los hallazgos y el juego espectral del deseo.

El único fruto del árbol al que no podemos renunciar es a su sombra. Sufrimos la persecución de la primavera –y fue allí donde la palabra se hizo verde.

Lo que más dura es el instante, lo que más oculta es la luz.

Cuando se interrumpe el tiempo alguien decide nacer.

Las palabras perdidas

Alguien descifra la escritura de la lluvia y sin embargo no puede escapar.

Un alud de imágenes nos extravía la palabra; acudimos al grito y al llanto, a veces a la indiferencia, pero sabemos que necesitamos de la guerra para ser inocentes.

Todo lo ha ofrendado la ceniza.

Desde que desterramos a la noche desaparecieron las más profundas alianzas y nuestros perseguidores pueden encontrarnos.

Una herida siempre recuerda la vida, todo nacimiento procede de su túnel. Un árbol arde en nuestros ojos de agua.

La verdad –es decir lo prohibido–, impone su reino de terror… y hemos decidido habitarlo con las manos entrelazadas.

Creímos que la poesía nos enseñaría a morir…

Persistimos… Con frecuencia hacemos la extraña sonrisa del miedo. Si huimos, la soledad convertirá a alguien en víctima. Por eso la palabra se pasa de mano en mano para construir una morada invisible.

A veces para sobrevivir renunciamos al conocimiento.

Y cuando todos duermen escribimos… Pero un poema es el fósil de un sueño, el cadáver de un dios…

¿Aún podremos salvarnos?

¿Quién dijo que morir era viajar?

Las palabras se inventan para ocultar algo, a veces para no extraviarnos y en el peor de los casos para salvarse… porque soñar en esta Edad del Fuego, emprender el exilio o sobrevivir, equivale a una traición.

El poema nos delata. La verdad dejó marcas en los rostros. ¿Quién dijo que morir era viajar? ¿Dónde están los que han perfeccionado su dolor? ¿Hasta cuándo debemos pagar por todo lo que le hicimos a la noche?

Estamos seguros del regreso de los inquisidores. Extendimos tanto la devastación que quienes vendrán tendrán que crear otro dios invisible para poder permanecer.

La imaginación no ha podido conducirnos. Siempre hemos combatido del lado de nuestros enemigos (en la indiferencia o participando de su vana contienda). No es de la derrota… De la victoria nadie se salva.

De la poesía al deseo, pasando por alucinógenos despojados de sus ritos, por extraños fetiches e incluso por crueles utopías, nos entregamos con ardor a las más diversas formas de autodestrucción.

El conocimiento nada hizo por la vida. Tampoco la religión ni la prostituta que vende presagios.

La verdad sólo está en la puerta que se abre. En un matiz, en una brizna de hierba, en un sorbo de agua. En un grito.

Ser es buscar.

La escritura o la desesperación nos encontró un color desconocido. Supimos que el tiempo anida en los espejos y que sembrar es preguntarle a la tierra.

Pero hasta que no remplacemos la semilla nada habremos aprendido.

La espadita del reloj tiñe de rojo nuestro pecho. El verbo morir sólo debe conjugarse en primera persona. El tiempo crece.

Siento que alguien ha raptado mis sueños…

Gonzalo Márquez Cristo (1963-2016). Autor de Apocalipsis de la rosa (Quimera del Oro, 1988 – Hojas Sueltas, 1990); la novela Ritual de títeres (ganadora de Beca Colcultura en 1990: Tiempos Modernos Editores, 1992); El Tempestario y otros relatos (Común Presencia Editores, 1998); La palabra liberada (Colección Los Conjurados, 2001, 2005 y 2007), la antología Liberación del origen (Universidad Nacional de Colombia, 2003) y Oscuro Nacimiento (Primera Mención concurso nacional José Manuel Arango,  Colección Los Conjurados, Bogotá, 2005 y 2007). En 1989 participó en la fundación de la revista cultural Común Presencia (reconocida con Beca Colcultura a mejor publicación cultural del país, 1992), de la cual es su director. Obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot (2007) con su trabajo “La pregunta del origen”. Creador y coordinador de la colección internacional de literatura Los Conjurados. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y comentada por importantes escritores.  Fundó, junto a la escritora Amparo Osorio, el semanario virtual Con-Fabulación. 

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