Vuela Palabra

Mariajoseě-Amaral

«El ojo de quien mira», ensayo de Mariajosé Amaral

A partir de ahora estaré compartiéndoles desde esta columna no sólo mis traducciones o escritos sino también algunos de mis textos favoritos. En esta ocasión les comparto un ensayo que me fascinó profundamente desde que comencé a leerlo. El descubrimiento de los «Lover’s eyes» de la mano de la ensayista Mariajosé Amaral (Sinaloa, 1992) cambió mi manera de pensar los regalos y el amor imposible. Incluso ahora busco obsesivamente en las tiendas de objetos antiguos esperando encontrarme alguna de estas ventanas a la más profunda intimidad amorosa.

Andrea Muriel

 

El ojo de quien mira

 

Y en la mirada la mirada misma.

Vallejo

 

 

Al abrir el sobre, Maria Fitzherbert encontró el dibujo del ojo de George, príncipe de Gales, observándola fijamente. Solo uno, enviado como prueba de su amor y para convencerla de contraer matrimonio. En acuarela sobre marfil, parecía flotar carente de pestañas, acompañado de una ceja delgada y con poca presencia; un ojo penetrante, desprovisto de cuerpo. El resto de la cara estaba ausente. El regalo funcionó y, poco después, se casaron en secreto; entonces ella también le dio su mirada.

Desbordado por la declaración contenida en su nuevo amuleto, el príncipe no tardó en mostrarlo en las funciones de teatro a cuantos se lo permitieran. En aquel objeto, lo público y lo privado se conjuntaban, George montaba un espectáculo entre las butacas del recinto, con una audiencia absorta y dispuesta a seguir de cerca el despliegue de su historia de amor.

Como fuego en campo seco, la noticia se extendió por la ciudad, el país, por Europa.

La pareja no solo impuso la costumbre, sino que fue el primer ejemplo claro de cómo sería utilizada para crear pactos de amor imposible. El anonimato se volvió parte esencial de la práctica separándolo tajantemente de los retratos miniatura de cuerpo completo; el ojo permitía algo que aquellos no: mantener escondida la identidad del individuo.

No pretendían una mímesis de la naturaleza; ni siquiera eran, realmente, un intento de reconstruir al sujeto amado.  Eran su desarticulación, la separación en partes y la posibilidad de ser cada una de ellas un todo.

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El tiempo se ha encargado de relegar hasta casi el olvido el arte de los ojos miniatura que floreció brevemente en Inglaterra y Francia a finales del siglo XVIII y parte del XIX. Conocidos como “Lover’s eyes”, hay quien los piensa como una versión o una variante trunca de los retratos diminutos, muy comunes en la época anterior a la fotografía. Algunos integran actualmente colecciones privadas como curiosas muestras de amor. Otros más son exhibidos en museos y galerías, resguardados detrás de vitrinas de cristal, fácilmente ignorados por su pequeñez y ensombrecidos por las piezas de mayor tamaño colgadas en las paredes.

Su popularización se dio en el mismo momento en el que los retratos miniatura pasaron a ser accesibles a la clase media y no solamente exclusivos de la aristocracia. Un retrato a menor escala significaba también un costo reducido por el trabajo del artista.

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Elegir un punto fijo sobre el cual posar la mirada, para no sentir vértigo.

Una pupila como anclaje, como espacio en donde descansar.

Cuánta intimidad hay en el gesto, en una obra creada no para las masas sino para un solo espectador; en permitirse ser visto y en estar consciente de que otro nos permite también que lo veamos.

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Pero entre el ojo de uno y otro amante, una tercera mirada entraba en el juego. Un óculo intermediario que penetraba en la relación secreta: el del artista, eje y posibilitador de los retratos liliputienses; era él quien finalmente hurgaba, capturaba y dirigía la pintura. Su percepción del mundo y de los individuos que tuviera en frente quedaría por siempre determinando el recuerdo, accionando la nostalgia. Una mirada indiscreta, constante.

Sabemos el nombre de tres o cuatro pintores expertos en el arte a escalas chicas; uno de ellos fue Richard Cosway, encargado de plasmar el ojo del futuro rey George IV y, posteriormente, el de Maria Fitzherbert.

*

De los “Lover’s eyes” quedan unos mil ejemplares originales esparcidos por el mundo más otras tantas falsificaciones que no llegan a capturar la esencia de los ojos antiguos. Y es que en ellos más que el rostro importaba el rastro; más que los ojos la mirada: las huellas intangibles que deja un cuerpo en otros.

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Los textos especializados utilizan las palabras: original and forgeries. Yo lo asumo como una verdad sin cuestionarlo demasiado.

Replico el dato: aproximadamente mil ojos originales y quién sabe cuántas copias.

Repito el dato, pero algo no encaja. Toda copia y falsificación implica un original. Una pieza única de la cual se extraen características específicas intentando duplicarla, descifrar su composición.

¿Cuál fue el primer ojo miniatura? ¿Cuál fue (y de quién) la primera mirada de la que brotaron todas las demás? ¿A cuál de todos los artistas anónimos se le copia el trazo, el estilo? ¿A quién de los pocos que sabemos el nombre se le imita en lo peculiar? Es absurdo pensarlo así.

La originalidad de los ojos miniatura radica en su uso y su momento histórico, no en su autor o técnica. En las prácticas de una época, en el ideal amoroso que representaban. El valor de la pieza fuera de la pieza.

Los “Lover’s eyes” son cada uno de ellos un original. La mirada de un individuo específico atrapada en la superficie de marfil.

Los “Lover’s eyes” son cada uno de ellos una copia. Objetos comerciales, repetidos.

Dicen que un pintor podía hacer entre veinte y treinta en un día de trabajo. Producción en serie. El origen y las variantes, la reproducción de una idea.

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Los ojos miniatura eran colocados en broches, anillos, collares o brazaletes que funcionaban también como joyería en las mujeres; en ellas se alentaba el despliegue público de los sentimientos, la exposición de lo íntimo. El ojo las acompañaba a donde fueran, compartiendo el paisaje, vigilando los alrededores del cuerpo donde se posaban.

El adorno que los enmarcaba aportaba significado a la pintura. Los diamantes, por ejemplo, simbolizaban riqueza, alto nivel social; zafiros blancos, esmeraldas, el brillo de las piedras preciosas iluminaba la mirada.

Las perlas, por otro lado, se postraban como lágrimas resguardando el ojo de algún muerto, perpetuando el luto; la mirada prolongada de un fantasma.

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Escribo: mirada prolongada.

Pienso, en realidad: lingering gaze.

Me conformo con una variante, con otros matices de significado.

No encuentro un equivalente exacto, la combinación de palabras que transmita la sensación aérea y suspendida del verbo “linger”.

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A través del enmarcado, como de una mirilla, el ojo espiaba y direccionaba su mirada. Parecía asomarse por un pequeño resquicio haciendo al que lo tenía de frente sujeto escudriñado. Si en los retratos a mayor escala, o incluso los más pequeños, el espectador voyerista se asomaba a la intimidad de un tercero plasmado en el cuadro, en los ojos miniatura los valores se subvertían. El voyerista se convertía de repente en el observado, en el retrato, en la pintura.

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Miradas de ida y vuelta en un círculo cerrado.

Un entramado doble, un intercambio que no se sabe en dónde inicia o termina.

El arte en su más profunda naturaleza contemplativa.

El espectador en su más profunda naturaleza de obra.

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La relación entre George IV y Fiztherbert nunca pudo concretarse de manera oficial; los impedimentos eran muchos, ellos solamente eran dos. Pero cubierto con un párpado de fina tela, debajo de la solapa del príncipe, estuvo siempre el ojo, la mirada de Maria.

 

 

Mariajosé Amaral (Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Estudió Lengua y Literaturas Modernas Portuguesas en la UNAM. Es parte del Breve Manual del Libro Fantástico y de las antologías Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos y Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

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2 comentarios en “«El ojo de quien mira», ensayo de Mariajosé Amaral”

  1. Bellas palabras y gran inspiración para escribir. Así como el ojo mira, las palabras se detienen en algún lugar del ser y quedan vigilantes y nos acompañan sin mostrarse y de forma anónima. Gracias por tu trabajo.

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