Vuela Palabra

Safiya Sinclair Cannibal

Caníbal, libro de poemas de Safiya Sinclair

El día de hoy me entusiasma compartirles a una autora que hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer. Se trata de Safiya Sinclair, una escritora jamaiquina que llegó a mí a través de su libro Caníbal (Mantis Editores, 2022) en la maravillosa traducción de Adalber Salas Hernández. Este poderoso poemario explora el origen y la identidad desde la imposibilidad, el orgullo pero también la resistencia. Se trata de una escritura límite, rítmica y poderosa que no va a dejarlxs indiferentes. Ojalá les guste esta selección y se queden con ganas de más.

Andrea Muriel

Retrato familiar

En nuestra mesa no pronunciamos la bendición.
Nos sentamos en silencio ante nuestras preguntas,
una corona de mosquitos nos enjambra las cabezas.

En esta foto, algún día caluroso de mayo,
el sol forma un halo insólito alrededor de mi oreja,
luz estallando en la ventana del comedor.

Afuera, los perros gimen pegados a la puerta,
dos cachorros sin refugio por su impureza,
mi corazón frágil partiéndose para ofrecer sus sobras.

Pero ¿qué podía ofrecerles, cuando no sabía nada
del amor, y recibía mis correcciones con el cinturón
cada noche? Allí, en esa ciudad de exilios, plaza

empedrada de rebelión, roída por la sal, el rostro de mi padre
se cierne sobre su última obstrucción, donde los oscuros pliegues
de la buganvilla siguen sin trepar; la única flor cortada

de mi objeción. Ese brote marchito aún cuelga flácido
en su broche; mi vestido, mis manos, heridas y cayendo
vagas junto a mis muslos, incapaces de pedir una sola cosa.

Y quizá sólo fue la lluvia aullando en mi oído
mientras observo a mi doble en las sombras del marco,
pega fuego a las cortinas mientras dormimos. Envenena

esa poción oscura que ocupa la taza de mi padre, mi madre
junto a su hombro con la jarra siempre fija, sirviendo.
Estaba embarazada y aún vestía la boca de su juventud,

tan callada e insegura, los doce puntos de sus dedos
rayando el vidrio empañado de la vasija. Allí estoy de nuevo.
No soy yo; mucho antes de que echara mi cabello de Medusa,

antes de que nadie encontrara a mi hermana comiendo
trozos negros de un milpiés, cáscara y pelambre amarilla entre sus dientes,
yo ya tenía mi culpa encorvada. Mi hermano con su cuchillo

en mi garganta. Estos somos nosotros. Todos nosotros.
Antes de saber que esta vida se quebraría, temblando
salvaje e indeseada a través de la oscuridad y la luz.

 

 

 

Family Portrait

At our table we don’t say grace.
We sit silent in the face of our questions,
a crown of mosquitos swarming our heads.

In this picture, some hot day in March,
the sun makes a strange halo around my ear,
light exploding in our dining room window.

Outside, the mongrels whine against our door,
two pups forbidden shelter for their impurity,
my weak heart dividing to offer all its scraps.

But what could I offer them, when I knew nothing
of love, and took my corrections with the belt
every evening? There in that city of exile, cobbled

square of salt-rust and rebellion, my father’s face looms
its last obstruction, where the dark folds of bougainvillea
remain unclimbing; the one clipped flower

of my objection. That withering bloom still hangs limply
in its tangled brooch; my dress, my hands, bruised and falling
loosely about my thighs, unable to ask for a single thing.

And perhaps it was only the rain that howled in my ear,
as I observe my doppelganger in the shadows of the frame,
setting fire to the curtains while we slept. Poisoning

whatever dark potion filled my father’s cup, my mother
at his shoulder with her fixed pitcher, pouring. She was
pregnant then, and still wore the mouth of her youth,

so quiet and unsure of itself, her fingers’ twelve points
streaked across the jug’s fogged glass. There I am again.
I am not myself—long before I shed my Medusa hair,

before anyone caught my sister eating black bits
of a millipede, shell and yellow fur snagged in her teeth,
I had my crooked guilt. My brother with his dagger

at my throat. This is us. This is all of us.
Before we knew this life would shatter, moving wild
and unwanted through the dark and the light.

 

 

 

Apócrifos blancos

Un coro de voces masculinas
se alza desde un cuarto
fuera de la vista:

catedral afianzada, blanco
y brillante tintineo, su himno
alzándose y cayendo

durante casi una hora,
enrollándose y volviendo
a enrollarse en esta dirección.

He estado esperando aquí
por un amigo, hambrienta
y sin pelar una fruta occidental,

anémica, observando
su cáscara antinatural en
mis manos, mientras sus voces

se quiebran en aullidos de perros,
puro brillo y nada de alma.
Para ellos, el mundo está

laqueado y limpio.
Para ellos, cada vibrato
está medido y pagado.

Incluso mirar las hojas
otoñales conlleva su propia vacación
en el norte y el viejo pesebre

es un catálogo fotográfico
donde los Reyes Magos
y la luna sonríen.

Quiero ese mundo.
Asentado en su amplia perla blanca,
sumiso.

Quién podría decir por qué
mi hermana, cuya voz imposible
hacía temblar

las vigas astilladas y hacía
que las mujeres lloraran y berrearan
en los pasillos, podía hallar notas

para irrumpir en ese lugar innombrable
que nos llenaba y transfiguraba,
pero no era suficiente para ella.

Mi hermana, cuya canción
me hizo creer que el alma
puede brotar y florecer,

que Dios podía sudar
y gemir aquí en el lodo, con nosotros,
aún me llama semanalmente para decir

que no hay versión de
sí misma en la que pueda creer.
Ni siquiera el canto.
Ni siquiera la canción.

 

 

 

White Apocrypha

A choir of male voices
rises from a room
out of sight:

assured cathedral, bright
white jingle, their hymn
climbing and falling

for almost an hour,
cheerfully winding
and rewinding this way.

I’ve been waiting here
for a friend, hungry
and unpeeling some anemic

Western fruit, observing
in my hands its unnatural
rind, while their voices

break into dog howls,
all shine and no soul.
For them, the world is

lacquered and clean.
For them, every vibrato
is measured and paid for.

Even looking at the fall
leaves has its own upstate
vacation, and the old manger

is a catalogue photograph
where the wise men
and the moon are smiling.

I want that world.
Set in its wide white pearl,
unquestioning.

Who can say why
my sister, whose impossible voice
made the splintered

rafters tremble, and had women
fainting and bawling
in the aisles, could find notes

to breach that unnamable place
which filled and transfigured us,
but was not enough for her.

My sister, whose song
made me believe the soul
could bloom and flourish,

that God could sweat
and wail here in the mud with us,
still calls me weekly to say

there is no version of
herself that she can believe in.
Not even the singing.
Not even the song.

 

 

 

Pelo bueno

Sólo Dios, querida,
podría amarte por ti misma
y no por tu cabellera amarilla.

W. B. Yeats,
Para Anne Gregory

Hermana, no quedaba nada para nosotras.
Aquí abajo, en esta hora de segunda mano, acercamos
la oreja pero no oímos voces en las conchas. Ninguna belleza.

Nuestras vidas ya enredadas en la violencia de nuestro pelo,
supimos sentirnos indeseables en la mirada azul del mar,
aunque los líquenes rubios fueran considerados amables.

Nosotras no; nos peinábamos y domábamos al amanecer,
maldiciendo cada animal bruto con melena como la brisa.
Dios no quiera que se desperdicie todo ese pelo bueno.

Barbero, puedo decir una verdad o puedo decir nada;
nos vemos en las trenzas cosidas con mi inglés torcido,
monedas de rostros raros estampadas al fondo de mi palma,

pido ser remodelada con pelo de náufraga o arrastrada
de mi cuero cabelludo por tu peine caliente. El espejo toma
y el espejo toma. He vadeado hasta allí y esperado en vanidad;

pagué el peaje por ver mis raíces desviadas espumarse blancas,
formaldehído de farmacia atravesando a fuego mi piel.
Haría lo que fuera por un pelo bueno. Pagaría el precio de la dignidad,

enviaría vírgenes de la India a la cosecha diaria; sus millas
de pelo brillante vendidas por miles en la calle.
Aún así, cada año acudimos a ellas con monedas de cobre,

pasamos noches enteras de rodillas, plegarias susurradas
de oído a oído, esperando despertar con rizos suaves,
olas negras rompiendo en playas de miel.

Pero ¿cómo íbamos a saber de nuestra pobreza?
Que los buenos genes de la madre sólo vendrían en maleza,
que yo derrocharía toda su suerte de mulata.

Este pelo de negra mi mayor padecimiento.
Tan espeso, que sostiene un lápiz erguido.

 

 

 

Good Hair

Only God, my dear,
Could love you for yourself alone
And not your yellow hair.

W. B. Yeats, “For Anne Gregory”

 

Sister, there was nothing left for us.
Down here, this cast-off hour, we listened
but heard no voices in the shells. No beauty.

Our lives already tangled in the violence of our hair,
we learned to feel unwanted in the sea’s blue gaze,
knowing even the blond lichen was considered lovely.

Not us, who combed and tamed ourselves at dawn,
cursing every brute animal in its windy mane—
God forbid all that good hair being grown to waste.

Barber, I can say a true thing or I can say nothing;
meet you in the canerows with my crooked English,
coins with strange faces stamped deep inside my palm,

ask to be remodeled with castaway hair, or dragged
by my scalp through your hot comb. The mirror takes
and the mirror takes. I’ve waded there and waited in vanity;

paid the toll to watch my wayward roots foam white,
drugstore formaldehyde burning through my skin.
For good hair I’d do anything. Pay the price of dignity,

send virgins in India to daily harvest; their miles
of glittering hair sold for thousands in the street.
Still we come to them yearly with our copper coins,

whole nights spent on our knees, our prayers whispered
ear to ear, hoping to wake with soft unfurling curls,
black waves parting strands of honey.

But how were we to know our poverty?
That our mother’s good genes would only come to weeds,
that I would squander all her mulatta luck.

This nigger-hair my biggest malady.
So thick it holds a pencil up.


 

Safiya Sinclair (Montego Bay, Jamaica) es doctora en Literatura y Escritura Creativa por la University of Southern California, actualmente es Profesora Asociada de Escritura Creativa en la Arizona State University. Autora del volumen de poesía Cannibal (University of Nebraska Press, 2016), ganador del Premio para Escritores Whiting, el Premio Metcalf de la Academia Americana de Artes y Letras, el Premio OCM Bocas de Literatura Caribeña, el Premio Phillis Wheatley y el Premio de Poesía Prairie Schooner. Ha recibido el Premio Pushcart, así como becas de la Ruth Lilly y Dorothy Sargent Rosenberg de la Poetry Foundation y de la Fundación Civitella Ranieri, entre otras.

Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987). Entre otros, autor de los libros de poesía Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; traducido al alemán por Geraldine Gutiérrez-Wienken y Marcus Roloff como Aus dem Kopf durch die Nacht), La ciencia de las despedidas (traducido al inglés por Robin Myers como The Science of Departures) y Nuevas cartas náuticas (traducido al italiano por Alessio Brandolini como Nuove carte nautiche), así como los volúmenes de ensayo Clarice Lispector: el lugar de la poesía, 23 shots, Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria, Isolario y Retrato del traductor con cabeza de perro. Ha traducido a Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Louise Glück, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Roger Robinson, Li-Young Lee, Nicholas Laughlin, Shara McCallum, Jamaica Kincaid, Safiya Sinclair, Patrick Chamoiseau, Édouard Glissant, Frankétienne y Kendel Hippolyte. Tiene un doctorado de la New York University.

 

 

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